
Los chicos de su edad faltaban a clase, cambiaban de colegio o se marchaban de vacaciones de esquí, o a conciertos de rock sin decir nada a nadie. Podría haberse escapado.
Pero puede que no. Había trabajado el suficiente tiempo en el laboratorio criminalista de Nueva Orleans para tener un mal presentimiento acerca de esta estudiante que nunca había conocido. Dio un nuevo trago a su cerveza y leyó más abajo en la lista.
Arnette, Jordan.
Bailey, Wister.
Braddock, Ira.
Bentz, Kristi.
Calloway, Hiram.
Crenshaw, Geoffrey.
¡Espera! ¿Qué?
¿Bentz, Kristi?
Sus ojos se centraron en la pantalla, fijándose en el familiar nombre que aún le causó un impacto, disparándole la presión sanguínea.
¡No puede ser! ¡Estaba invadiendo sus pensamientos!
¡Kristi Bentz no podía estar en su clase! ¡No era posible! ¿Qué clase de cruel giro del destino o ironía sería aquella? Pero allí estaba su nombre, real como la vida misma. No era tan estúpido como para pensar que podía tratarse de otra estudiante con el mismo nombre. Tenía que afrontar el hecho de que la vería de nuevo tres horas por semana, los lunes por la noche.
¡Mierda!
La lluvia aporreaba las ventanas y él miraba la lista de la clase como si estuviera hipnotizado. Imágenes de Kristi revolotearon por su mente: pelo largo que flotaba como si huyera de él a través de un bosque, el juego de luces y sombras que la atrapaba bajo el toldo de ramas, su contagiosa risa; emergiendo de una piscina, el agua goteando de su tonificado cuerpo, su sonrisa triunfal si había ganado la carrera, su ceño profundo e impenetrable si había perdido; tumbada debajo de él sobre una manta, en la parte de atrás de su camioneta, la luz de la luna resplandeciendo sobre su cuerpo perfecto.
– ¡Basta ya! -dijo en voz alta, y Bruno, siempre alerta, se puso de pie en un instante, ladrando bruscamente-. No, chico, solo es… no es nada. -Jay apartó inmediatamente las estúpidas y viscerales imágenes de sus aventuras de juventud. No había visto a Kristi en más de cinco años, e imaginaba que habría cambiado. Y en cuanto a todas sus fantasías románticas sobre ella, había otros recuerdos que no eran tan bonitos. Kristi tenía mucho genio y una lengua afilada como una navaja.
