Ella había hecho copias de las fotos de sus identificaciones del campus y las había pegado sobre el tablero de anuncios de su cubículo. Las originales estaban en el archivo general de todas las personas recientemente desaparecidas, pero estas eran diferentes; estas fotos conectaban a cada una de las chicas que había asistido al colegio All Saints, que había desaparecido, y que no había dejado ni rastro. No habían usado tarjetas de crédito, ni canjeado cheques, ni accedido a ningún cajero automático. El uso de su teléfono móvil se había detenido las noches en que se produjeron sus desapariciones, pero ninguna de ellas había aparecido en un hospital. Ninguna de ellas había comprado un billete de autobús, o de avión, ni se había producido actividad alguna en sus páginas de MySpace.

Portia miraba sus fotografías y se preguntaba qué demonios les había ocurrido. En el fondo, las creía muertas a todas, pero guardaba la mínima esperanza de que su fatigado instinto policial estuviera equivocado.

Ninguna de las chicas tenía vehículo, y ninguna había vivido en el estado de Luisiana hasta que se matricularon en el pequeño colegio privado. Las únicas personas que se sabe que las vieron no notaron nada extraño, ni pudieron darle a la policía el menor indicio de lo que tenían planeado, dónde podrían haber ido, o a quién podían haber visto.

Resultaba de lo más frustrante.

Portia rebuscó en el bolso su paquete de cigarrillos, luego recordó que lo había dejado. De eso hacía tres meses, cuatro días y cinco horas; pero no es que lo llevara contado. Cogió un chicle de nicotina y lo mascó, sintiéndose poco gratificada, mientras paseaba la vista de una fotografía hasta la siguiente.

La primera víctima, desaparecida hace casi un año, desde el pasado enero, era una estudiante afroamericana, Dionne Harmon, de piel oscura, pómulos elevados, una preciosa sonrisa de brillantes dientes y un tatuaje que decía: «Love» enroscado en colibríes y flores sobre la base de su espalda. Venía de Nueva York. Sus padres jamás se habían casado y ambos estaban muertos; la madre de cáncer y el padre en un accidente laboral. Su único vínculo, un hermano con el nombre de Desmond, quien ya tenía tres hijos, había dejado de pagar la manutención de estos, y cuando Portia trató de hablar con él, este le había contestado que no le interesaba «lo que le pase a esa zorra».



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