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Sentada en su escritorio del departamento de policía de Baton Rouge, la detective Portia Laurent examinaba las fotografías de las cuatro alumnas desaparecidas del colegio All Saints. Ninguna de las chicas había vuelto a asomar la cabeza. Simplemente habían desaparecido, no solo de Luisiana sino, al parecer, de la faz de la tierra.

El ruido de las teclas acompañaba al zumbido de las impresoras y al de un viejo reloj que marcaba los últimos días del año, mientras Portia observaba las fotografías por la que parecía ser la millonésima vez. Todas eran tan jóvenes. Chicas sonrientes con caras luminosas, con inteligencia y esperanza refulgiendo en sus ojos.

¿O sus expresiones no eran más que máscaras?

¿Había algo más oscuro oculto tras esas sonrisas forzadas?

Las chicas habían tenido problemas, eso se podía asegurar. De forma que habían desaparecido. Nadie, ni los demás miembros del departamento de policía, ni la administración del colegio, ni siquiera los familiares de las chicas desaparecidas parecían creer que hubiera un crimen de por medio. En absoluto. Aquellas sonrientes chicas de cuento de hadas simplemente habían huido; chicas valientes y testarudas que, por uno u otro motivo, habían decidido largarse y no regresar.

¿Estaban metidas en asuntos de drogas?

¿De prostitución?

¿O solamente estaban hartas del colegio?

¿Se habían puesto en contacto con un novio que se las había llevado?

¿Habían decidido recorrer el país en autoestop?

¿Querían unas vacaciones rápidas y habían decidido no regresar?

Las respuestas y opiniones variaban, pero Portia parecía ser la única persona en el planeta a quien le importaba.



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