Dios mío, ayúdame.

Apretando los dientes, se concentró en mover sus extremidades, pero no hubo respuesta. Nada.

Intentó gritar, chillar, decirle a alguien que detuviese aquella locura. Su voz tan solo emitió el más débil de los quejidos.

El miedo hervía en su interior.

¿Es que nadie podía poner fin a eso? ¿Nadie entre el público? ¿No podían ver su terror? ¿Darse cuenta de que la broma había ido demasiado lejos? Silenciosamente, les suplicó con la mirada. Poco a poco, el escenario fue iluminándose por unas cuantas bombillas a ras del suelo que creaban un fulgor suave y difuso, acentuado por la parpadeante luz roja.

Volutas de niebla se deslizaban a través del escenario.

Un murmullo de impaciencia parecía recorrer el invisible público. ¿Qué es lo que iba a ocurrirle? ¿Lo sabían ellos? ¿Se trataba de un rito que habían presenciado antes, tal vez sufriéndolo ellos mismos? ¿O era algo peor, algo demasiado horrible de imaginar?

Estaba condenada.

¡No! ¡Lucha, Rylee, lucha! No te rindas. ¡No te rindas!

Una vez más trató de moverse, y una vez más sus músculos no obedecieron. Intentó en vano levantar un brazo, la cabeza, una pierna, cualquier maldita cosa, sin resultado.

Entonces lo oyó.

El vello de su nuca se erizó por el miedo, tan helador como el mar del norte. Supo al instante que ya no estaba sola sobre el escenario. Por el rabillo de uno de sus aterrorizados ojos detectó movimiento. Era una oscura silueta, un hombre alto, de anchos hombros, que caminaba atravesando la espesa y rastrera niebla.

La garganta se le volvió como la arena.

El pánico le atenazó el corazón.

Ella lo miraba, obligada a contemplar cómo se acercaba lentamente, paralizada por el terror. Ese era él. El hombre sobre el que habían susurrado los amantes de los vampyros.

Casi esperaba que llevase puesta una capa negra con forro escarlata, que su rostro fuese pálido como la muerte, de ojos brillantes y colmillos relucientes, revelados al retraer sus labios.



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