Pero él sabía que lo era.

Él podía palpar su deseo. Oler su miedo. Y ella sabía que la deseaba por sus indómitas emociones.

No hagas eso, suplicó en silencio, pero ella sabía que podía leer las señales de aviso en la dilatación de sus pupilas, en su respiración entrecortada, en sus gemidos, más anhelantes que atemorizados.

Sus fuertes dedos apretaron un poco más fuerte, con firmeza, como unas cálidas zarpas sobre su piel.

– La hermana Rylee se une esta noche a nosotros voluntariamente -dijo con convicción-. Está preparada para realizar el último y definitivo sacrificio.

¿Qué sacrificio? Eso no sonaba bien. Una vez más, Rylee trató de protestar, de apartarse, pero estaba paralizada. La única parte de su cuerpo que no se encontraba totalmente desconectada era su cerebro, e incluso este parecía decidido a traicionarla.

Confía en él, le susurraba esa parte. Sabes que te ama… puedes sentirlo… ¿Y cuánto tiempo llevas esperando ser amada?

¡No! Aquello era una locura. Era la droga la que hablaba.

Pero ella deseaba sucumbir al tacto de sus dedos, que se deslizaban lentamente, descendiendo por un cálido sendero a lo largo de sus pechos, cada vez más cerca de sus doloridos pezones.

Sintió un cosquilleo en su interior. Dolía.

Pero aquello estaba mal. ¿Verdad…?

Él se inclinó acercándose más; la nariz contra su pelo, los labios rozando el pabellón de su oído mientras le susurraba tan silenciosamente de forma que solamente ella pudiera oírlo: «Te amo». Ella se derretía por dentro. Lo deseaba. Un tórrido impulso se elevó en su ser. Los dedos frotaron su piel por debajo de la clavícula, un poco más fuerte, presionando en su carne. Por un instante se olvidó de que se encontraba en un escenario. Estaba a solas con él, y él la estaba acariciando… amándola… Él la deseaba como ningún otro hombre la había deseado jamás… Y…



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