Apretó con fuerza.

Un dedo fuerte se hundió en su carne, clavándosele en las costillas. La atravesó una sacudida de dolor. Sus ojos se abrieron de golpe.

El miedo y la adrenalina estallaron en su circulación sanguínea. Su pulso se disparó, loca y salvajemente.

¿Qué había estado pensando? ¿Que podría seducirla? ¡No!

¿Amor? ¡Oh, por el amor de Jesús, él no la amaba! Rylee, no te dejes engañar. No caigas en su estúpida trampa.

El maldito alucinógeno la había convencido de que se preocupaba por ella, pero él, quien demonios quiera que fuera, tan solo pretendía utilizarla en su enfermizo espectáculo.

Ella lo miró, y él advirtió su ira.

El bastardo sonreía, con sus dientes blancos y relucientes.

Entonces supo que disfrutaba con su impotente furia. Él percibió los latidos de su corazón, su sangre fluyendo cálida y frenéticamente por sus venas.

– Su sangre es la sangre intacta de una virgen -dijo hacia la invisible muchedumbre.

¡No!

¡Os habéis equivocado de chica! ¡Yo no soy…!

Dedicó toda su concentración en hablar, pero su lengua se negó a funcionar, no hubo aire que presionara sus cuerdas vocales. Intentó luchar, pero sus miembros no teñían fuerza.

– No tengas miedo -susurró él.

Invadida por el terror, contempló cómo se inclinaba hacia delante, acercándose más, con su cálido aliento, sus labios encogiéndose para mostrar sus dientes desnudos.

Dos brillantes colmillos refulgieron, igual que en su fantasía.

Por favor, Dios. Por favor, ayúdame a despertar. ¡Por favor, por favor…!

Junto al siguiente latido, sintió un frío pinchazo, semejante al de una aguja, mientras los colmillos se clavaban en su piel y penetraban fácilmente en sus venas.

Su sangre comenzó a derramarse…



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