Aquellos últimos dieciocho meses había estado enferma de preocupación por él, mientras se recuperaba de sus propias lesiones, pero hoy, el día después de Navidad, Rick Bentz era la viva imagen de la salud. Y estaba molesto.

La había ayudado de mala gana a llevar las maletas hasta el coche mientras el viento cruzaba esa parte del arroyo, sacudiendo las ramas, levantando las hojas y llevando consigo el aroma de la lluvia y el agua estancada. Ella había aparcado su utilitario en el encharcado camino de entrada de la pequeña cabaña que Rick compartía con su segunda esposa.

Olivia Benchet Bentz era buena para Rick. Sin duda alguna. Pero ella y Kristi no se llevaban demasiado bien. Y mientras Kristi cargaba el coche ante la desaprobación de su padre, Olivia permanecía en el umbral a seis metros de distancia, frunciendo el ceño con interés y con sus grandes ojos oscuros llenos de inquietud, aunque no dijo nada.

Mejor.

Era una de las cosas buenas que tenía. Olivia sabía que no debía interponerse entre un padre y su hija. Era lo bastante lista para no añadir una coletilla no deseada a cualquier conversación. Aunque, esta vez, no se retiró hacia el interior de la casa.

– Es que no creo que esta sea la mejor idea -adujo su padre por… ¿ducentésima vez desde que Kristi soltó la bomba de que se había matriculado para las clases de invierno en el colegio All Saints, en Baton Rouge? Tampoco es que se tratase de una sorpresa mayúscula. Le había comunicado su decisión en septiembre-. Podrías quedarte con nosotros y…

– Ya te oí la primera vez, y la segunda, y la decimoséptima y la número trescientos cuarenta y dos y…



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