– ¡Ya basta! -Levantó una mano, mostrando la palma.

Ella cerró la boca de golpe. ¿Es qué tenían que llevarse siempre como el perro y el gato? ¿Incluso después de todo por lo que habían pasado? ¿Incluso cuando en varias ocasiones habían estado a punto de no volver a verse?

– ¿Qué parte de «Me marcho de Nueva Orleans y vuelvo al colegio» es la que no entiendes, papá? Te equivocas, no puedo quedarme aquí. Simplemente… no puedo. Soy demasiado mayor para vivir con mi padre. Necesito tener mi propia vida. -¿Cómo podía explicarle que le resultaba insoportable el hecho de mirarle un día tras otro, viéndolo sano un minuto, luego grisáceo y después muriéndose? Se había convencido de que él iba a morir y permaneció a su lado mientras se recuperaba de sus propias heridas, pero el ver cómo el color desaparecía de su rostro fue definitivo para ella y casi la convenció de que estaba loca. Por el amor de Dios, quedarse allí tan solo empeoraría las cosas. Las buenas noticias eran que llevaba un tiempo sin ver aquella imagen, ahora hacía un mes, así que puede que hubiera interpretado mal las señales. De cualquier forma, era el momento de continuar con su propia vida.

Kristi rebuscó sus llaves en la mochila. No había motivos para seguir discutiendo.

– Vale, vale, te marchas. Lo entiendo. -Frunció el ceño mientras las nubes avanzaban por el cielo a baja altitud, eliminando cualquier opción de disfrutar de la luz del sol.

– ¿Lo entiendes? ¿De verdad? Después de que te lo haya dicho, ¿cuántas? ¿Un millón de veces? -le riñó Kristi, pero mostrándole al tiempo una sonrisa-. Está claro que eres un investigador implacable. Justo como te describen los periódicos: «Nuestro héroe local, el detective Rick Bentz».

– Los periódicos no saben una mierda.

– Otra aguda observación realizada por el detective estrella del departamento de policía de Nueva Orleans.

– Déjalo ya -murmuró, aunque uno de los lados de su rígida boca se transformó en lo que podría interpretarse como la más natural de las sonrisas. A la vez que se pasaba una mano por el pelo, volvió la mirada hacia la casa, hacia Olivia, la mujer que se había convertido en su apoyo-. Jesús, Kristi -añadió-. Eres de lo que no hay.



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