
Dios tenía sentido del humor.
– ¿Qué? -preguntó mamá a Myron en voz baja-. ¿Estamos de acuerdo?
Myron no respondió. La más bonita de las mentiras contra la más fea de las verdades. Myron tendría que haber aprendido la lección entonces, dieciséis años atrás, con aquella última mentira a este gran hombre que amaba como a ningún otro. Pero no, no era tan sencillo. La más fea de las verdades podía ser devastadora. Podía sacudir un mundo.
Incluso matar.
Así que cuando su padre abrió los ojos, y ese hombre, al que Myron admiraba como a ningún otro, miró a su hijo mayor con una confusión suplicante, casi infantil, Myron observó a su madre y asintió despacio. Luego se tragó las lágrimas y se preparó para decirle a su padre una última mentira.
2
SEIS DÍAS ANTES
– Por favor, Myron, necesito tu ayuda.
Para Myron era algo así como la materialización de una fantasía: una preciosa damisela en apuros acababa de entrar en su despacho, como si saliera de una vieja película de Bogart. Sólo que, bueno, caminaba como un pato, y su ausencia de silueta delataba que la preciosa damisela en cuestión estaba embarazada de ocho meses, detalle que, lo siento, mataba todo el efecto de la fantasía.
Su nombre era Suzze T, abreviatura de Trevantino, y era una estrella del tenis retirada. Había sido la sensual chica mala del tour, más conocida por sus atuendos provocativos, los piercings y los tatuajes que por su juego. A pesar de todo, Suzze había ganado uno de los grandes campeonatos y consiguió una millonada con los patrocinios, el más notable de ellos como portavoz (a Myron le encantaba el eufemismo) de la La-La-Latte, una cadena de cafeterías topless, donde a los chicos universitarios les encantaba pedir «más leche». Qué buenos tiempos.
