Euro sonrió con dientes de comadreja.

– Poca, mi amor.

– Antón -dijo ella, y le dejó que le besase la mano con quizá demasiado entusiasmo.

Myron temió que pudiese utilizar aquellos dientes de comadreja para roerle la piel hasta el hueso.

– Todavía eres una criatura magnífica, Poca.

Hablaba con un curioso acento, quizás húngaro, quizás árabe, como si lo utilizara para hacer un número cómico. Antón iba sin afeitar, la sombra de la barba en su rostro brillaba de una manera poco agradable. Llevaba gafas de sol, pese a que allí adentro reinaba la oscuridad de una caverna.

– Te presento a Antón -dijo Esperanza-. Dice que Lex está en el servicio de botellas.

– Oh -exclamó Myron, sin tener idea de lo que era el servicio de botellas.

– Por aquí -dijo Antón.

Navegaron entre un mar de cuerpos. Esperanza iba delante. Myron disfrutó al ver cómo todos los cuellos se giraban para echarle una segunda mirada. Mientras continuaban serpenteando entre la multitud, algunas mujeres cruzaron la mirada con Myron y la mantuvieron, aunque no tantas como uno, dos o cinco años atrás. Se sentía como un viejo lanzador que necesitara este radar particular para saber si su pelota rápida estaba perdiendo velocidad. O quizá se tratara de otra cosa. Quizá las mujeres intuían que ahora Myron estaba prometido, que se había retirado del mercado por la encantadora Terese Collins y que ya no se le podía tratar como una simple golosina para los ojos.

«Sí -pensó Myron-. Sí, tenía que ser eso.»

Antón utilizó su llave para abrir la puerta de otra habitación y, al parecer, otra época. Mientras que el club actual era puro tecno con ángulos duros y superficies suaves, esa sala VIP era como un burdel de la América primitiva. Sofás color burdeos, candelabros de cristal, molduras de cuero hasta el techo, velas en las paredes. La habitación también tenía una pared de cristal de una sola dirección, de forma que los vips pudiesen mirar a las chicas bailar y quizás escoger unas cuantas para que se uniesen a ellos. Varias chicas con muchos implantes modelo porno suave, vestidas con corsés de época y ligueros, caminaban con botellas de champán; de ahí vendría, dedujo Myron, lo de «servicio de botellas».



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