Trababa amistad con mujeres de ese tipo mamá que le hubiesen hecho vomitar en el pasado, y hablaban de cochecitos Maclaren, de parvularios Montessori, de movimientos intestinales y de cuándo sus retoños habían gateado, caminado y hablado por primera vez. Todo su mundo, como el de muchas madres antes que ella -aunque decirlo parezca una declaración sexista-, se había reducido a una pequeña masa de carne de bebé.

– ¿Dónde puede estar Lex? -preguntó Myron.

– Es probable que en una de las salas VIP.

– ¿Cómo entramos?

– Me desabrocharé otro botón -respondió Esperanza-. En serio, déjame trabajar sola un minuto. Ve al lavabo. Te apuesto veinte pavos a que no puedes mear en el urinario.

– ¿Qué?

– Apuesta y ve -dijo, y señaló a la derecha.

Myron se encogió de hombros y fue hacia el lavabo. Era negro, oscuro y de mármol. Se acercó a los urinarios y de inmediato entendió a qué se refería Esperanza. Los urinarios estaban en una enorme pared de cristal de una sola dirección, como el espejo de una sala de interrogatorios de la policía. En resumen, desde ahí veías toda la pista de baile. Las lánguidas mujeres estaban literalmente a unos pasos de él, y algunas utilizaban el lado espejo del cristal para comprobar su maquillaje, sin darse cuenta (o quizá sí que se daban cuenta) de que estaban mirando a un hombre que intentaba mear.

Salió. Esperanza tenía la mano extendida con la palma hacia arriba. Myron la cruzó con un billete de veinte dólares.

– Veo que todavía tienes la vejiga tímida.

– ¿El lavabo de señoras es idéntico?

– No lo quieras saber.

Esperanza hizo un gesto con la barbilla hacia el hombre con el pelo peinado hacia atrás que se abría camino hacia ellos. Si hubiera tenido que llenar su solicitud de trabajo, Myron no dudaba de que habría escrito: «Apellido: Basura. Nombre de pila: Euro». Myron contempló la estela del hombre en busca de babas.



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