
Debía de ser duro, pensaba Myron a menudo, para Lex, o para cualquiera, vivir bajo aquella sombra. Claro que Lex era famoso y rico, y, técnicamente, todas las canciones eran producciones Wire-Ryder, pensó Myron. Puesto que él manejaba las finanzas del dúo, sabía que Lex cobraba un veinticinco por ciento contra el setenta y cinco por ciento de Gabriel. Y por supuesto, las mujeres todavía intentaban ligar con él y los hombres todavía querían ser sus amigos, pero Lex también era objeto de las inevitables bromas referentes al eterno segundón.
HorsePower todavía era un grupo importante, quizá más importante que nunca, pese a que Gabriel Wire se había esfumado después de un trágico escándalo ocurrido más de quince años atrás. Con la excepción de unas pocas fotos de paparazzi y muchos rumores, Gabriel Wire no había dado señales de vida en todo aquel tiempo: ninguna gira, ninguna entrevista, ninguna portada, ninguna aparición pública. Todo aquel secretismo hacía que el público desease más que nunca a Wire.
– Creo que es hora de irse a casa, Lex.
– No, Myron -dijo él con la voz pastosa, y Myron deseó que sólo fuese por efecto de la bebida-. Venga. Nos estamos divirtiendo. ¿No nos estamos divirtiendo, peña?
Se oyeron vocalizaciones de asentimiento. Myron miró a su alrededor. Puede que conociera a uno o dos de aquellos tipos, pero sólo reconocía a uno con seguridad: Buzz, el guardaespaldas y asistente personal de Lex. Buzz cruzó la mirada con Myron y se encogió de hombros, como diciendo: «¿Qué puedo hacer?».
Lex pasó un brazo alrededor del cuello de Myron, rodeándolo como si fuera la correa de una cámara de fotos.
