
– Siéntate, viejo amigo. Tomemos un trago, relájate, descansa.
– Suzze está preocupada por ti.
– ¿Lo está? -Lex enarcó una ceja-. Así que ha enviado a su viejo chico de los recados para que me recoja.
– En sentido estricto, también soy tu chico de los recados, Lex.
– Ah, agentes. La más mercenaria de las ocupaciones.
Lex vestía pantalones negros y un chaleco de cuero negro, y parecía como si hubiese acabado de ir a comprar ropa en el Rocker-R-Us. Tenía el pelo corto gris. Se dejó caer en el sofá de nuevo.
– Siéntate, Myron -repitió.
– ¿Por qué no vamos a dar un paseo, Lex?
– Tú eres también mi chico de los recados, ¿no? He dicho siéntate.
Tenía razón. Myron encontró un lugar y se hundió profunda y lentamente en los cojines. Lex giró una perilla a su derecha y bajó la música. Alguien le dio a Myron una copa de champán derramando un poco al hacerlo. La mayoría de las damas con corsé -aceptémoslo, es un efecto que funciona en cualquier época- habían desaparecido sin que nadie se diese cuenta, como si se hubiesen evaporado a través de las paredes.
Esperanza charlaba con la chica en la que se había fijado cuando entraron en la habitación. Los otros hombres de la sala miraban coquetear a las dos mujeres con la fascinación de cavernícolas viendo arder el fuego por primera vez.
Buzz fumaba un cigarrillo que, bueno, olía raro. Intentó pasárselo a Myron. Myron sacudió la cabeza y se giró hacia Lex, que estaba echado hacia atrás como si alguien le hubiese administrado un relajante muscular.
– ¿Suzze te mostró la página? -preguntó Lex.
– Sí.
– ¿Tú cómo lo ves, Myron?
– Un maníaco que intenta tocar las narices.
Lex bebió un gran trago de champán.
– ¿De verdad lo crees?
– Sí, pero en cualquier caso estamos en el siglo XXI.
– ¿Y eso qué significa?
– Significa que no es tan importante. Puedes pedir una prueba de ADN, si tanto te preocupa, y establecer la paternidad a ciencia cierta.
