Lex asintió con lentitud y tomó otro buen sorbo. Myron intentaba mantenerse fuera de su papel de agente, pero cada una de aquellas botellas contenía setecientos cincuenta mililitros, lo que, dividido por ocho mil dólares, equivalía a 10,66 dólares el mililitro.

– He oído que estás prometido -dijo Lex.

– Sí.

– Bebamos por eso.

– O tomemos un sorbo. Sorber es más barato.

– Tranquilo, Myron. Estoy forrado.

Muy cierto. Bebieron.

– Entonces, ¿qué es lo que te preocupa, Lex?

Lex no hizo caso de la pregunta.

– ¿Cómo es que todavía no conozco a tu futura esposa?

– Es una larga historia.

– ¿Dónde está ahora?

Myron contestó con vaguedad.

– En ultramar.

– ¿Puedo darte un consejo sobre el matrimonio?

– ¿Qué te parece: «No creas ningún estúpido rumor en Internet sobre la paternidad»?

Lex sonrió.

– Muy bueno.

– Bah -dijo Myron.

– Este es el consejo: «Que seáis abiertos el uno con el otro». Del todo.

Myron esperó. Al ver que Lex no decía nada más, preguntó:

– ¿Ya está?

– ¿Esperabas algo profundo?

Myron se encogió de hombros.

– Bueno.

– Hay una canción que me encanta -añadió Lex-. La letra dice: «Tu corazón es como un paracaídas». ¿Sabes por qué?

– Creo que la frase habla de que la mente es como un paracaídas: sólo funciona cuando se abre.

– No, ésa la conozco. Ésta es mejor: Tu corazón es como un paracaídas, sólo se abre cuando caes. -Sonrió-. ¿A que es buena?

– Supongo.

– Todos tenemos amigos en nuestras vidas, como por ejemplo mis amigos aquí presentes. Les quiero, voy de fiesta con ellos, hablamos del tiempo, de los deportes y de las tías buenas, pero si no los viera durante un año, o no los volviera a ver nunca más, no significaría una gran diferencia en mi vida. Ocurre con la mayoría de las personas que conocemos.



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