
Porque César callaba que su caso era distinto, que en realidad a él nadie le había quitado la maldita plaza. César no tenía horario fijo, era una de las estrellas de la Casa, poseía una situación privilegiada. Y había sido el mismo Morton quien un día le dijo: ¿No te importa que otra persona ocupe tu sitio en el garaje? Como tú vienes tan poco por aquí es una pena desperdiciar así el espacio… Matías se había parado junto a la puerta de salida, rebuscaba en sus bolsillos torpemente, sacaba un pañuelo muy arrugado con el que enjugarse el sudor frío. De un manotazo peinó hacia atrás sus grasicntos y escasos cabellos. Después se volvió hacia el empleado, que estaba al fondo de la planta, allá a lo lejos: ¡Hablaré con Pittbourg, esto no va a quedarse así!, gritó escupiendo perdigones de saliva y jirones de orgullo. Y el hombrecillo del mono se encogió de hombros, despectivo.
De verdad te digo, sin plaza es mucho más cómodo, le entregas la llave al encargado y luego a final de mes le das una propina, insistía César mientras subían las escaleras, embriagado de generosidad y fortaleza. En realidad se veía venir, se dijo: cómo no había caído antes.
