No te preocupes, Matías, empezó a decir César. E inmediatamente se dio cuenta de que Matías estaba en realidad tan preocupado que la frase resultaba algo brutal: era como mentarle la chepa a un giboso. No te enfades, Matías, rectificó entonces, porque el enfado era siempre una emoción más digna, la furia era un atributo de los dioses. Venga, hombre, Matías, no te cabrees, a mí también me quitaron la plaza del aparcamiento hace unos meses, no es para ponerse así. ¿No?, musitó Matías, lanzándole una fugaz mirada de reojo. No, hombre, ya sabes que siempre ha habido problemas con el garaje porque no hay plazas suficientes, yo ahora le doy las llaves al encargado y santas pascuas, es incluso más cómodo. Eso decía César, mentiroso y magnánimo.

Porque César callaba que su caso era distinto, que en realidad a él nadie le había quitado la maldita plaza. César no tenía horario fijo, era una de las estrellas de la Casa, poseía una situación privilegiada. Y había sido el mismo Morton quien un día le dijo: ¿No te importa que otra persona ocupe tu sitio en el garaje? Como tú vienes tan poco por aquí es una pena desperdiciar así el espacio… Matías se había parado junto a la puerta de salida, rebuscaba en sus bolsillos torpemente, sacaba un pañuelo muy arrugado con el que enjugarse el sudor frío. De un manotazo peinó hacia atrás sus grasicntos y escasos cabellos. Después se volvió hacia el empleado, que estaba al fondo de la planta, allá a lo lejos: ¡Hablaré con Pittbourg, esto no va a quedarse así!, gritó escupiendo perdigones de saliva y jirones de orgullo. Y el hombrecillo del mono se encogió de hombros, despectivo.

De verdad te digo, sin plaza es mucho más cómodo, le entregas la llave al encargado y luego a final de mes le das una propina, insistía César mientras subían las escaleras, embriagado de generosidad y fortaleza. En realidad se veía venir, se dijo: cómo no había caído antes.



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