Llevaba una semana oyendo hablar mal de Matías, casualmente. Y César había aprendido que la vida de las empresas estaba llena de casualidades de este tipo. Un buen día, unas cuantas personas parecían descubrir de modo coincidente y súbito los gravísimos defectos de Fulano; defectos que, de la noche a la mañana, se convertían en la comidilla de la Casa. Pero lo más curioso era que, a los pocos días de este espasmo chismoso, el Fulano resultaba indefectiblemente degradado, o arrinconado, o incluso despedido. O perdía la plaza de aparcamiento, como el pobre Matías. Ahora César recordaba al menos a dos o tres personas a las que había oído criticar a Matías en la última semana, y esto sin pararse a pensar mucho. Veamos. Uno fue Miguel, naturalmente: ¿A que no sabéis la última de Matías?, soltó mientras tomaban el aperitivo, aunque, que César supiese, nunca se había comentado que hubiera una penúltima, ni una antepenúltima, ni tan siquiera una primera. Después fue Quesada, por supuesto, en la reunión preparatoria para la campaña de la Ford; y a César ya le había extrañado que Matías no estuviera presente. Ese día, al final de la reunión, Quesada habló de modo casual sobre el alcoholismo de Matías y sobre unos límites intraspasables que a lo que se ve se habían traspasado. Morton cabeceaba gravemente, dibujando triángulos en un papel con su pluma Mont-Blanc. Y entonces Nacho, oh, sí, ahora lo recordaba, Nacho recogió el testigo de Quesada y añadió alguno de sus afilados comentarios. Acero puro.

Llamaron al ascensor. A su lado, Matías resoplaba y jadeaba quizá por el esfuerzo de las escaleras; se llevó una mano al pecho, como si le doliese. Hay que dejar de fumar, bromeó César mientras encendía un cigarrillo. ¿Y dices que tú le das las llaves al encargado? Eso es. Pero yo tengo que hablar con Pittbourg, insistió Matías empecinadamente. Pobre infeliz, se dijo César. En cierto modo se merecía la derrota. Ahí estaba, a su lado, con ojos deslumbrados y sudando como un mal escolar ante el maestro.



3 из 127