
Quizás agonizante, pero estrella.
La niña chillaba y palmoteaba embelesada, mientras las secretarias le daban caramelos sacados de insondables cajones y los ejecutivos le acariciaban distraídamente la cabeza mongólica. En general se podía decir que en aquella ocasión el personal se portó muy amablemente con Matías; muy respetuosamente, incluso, aunque para entonces el hombre había empezado ya su decadencia. Y ahora, hundido definitivamente por debajo de la línea de flotación, a Matías le quitaban de la noche a la mañana su plaza de garaje. Por lo menos eso, se dijo César; por lo menos debo evitar convertirme en un ser tan patético.
2
Al abrir los ojos observó que la luz se agolpaba al otro lado de las persianas bajadas, empujándolas, se diría que hinchándolas, casi reventándolas con ese sol que se filtraba a presión por las rendijas. De modo que con toda seguridad era muy tarde, el día probablemente estaba en su apoteosis y el Deber aporreaba su ventana con un clamor de luz: Arriba, gandul, inútil, zángano. César cerró los párpados y se dio media vuelta en la deshecha cama. Por las mañanas, su cama era un lugar acogedor, una blanca armadura frente al mundo, el último refugio. Por las noches, en cambio, era una pista de despegue para Dios sabe qué remotos e inhóspitos lugares. Llevaba una eternidad sin dormir como es debido. Para poder cerrar los ojos sobre sus miedos tenía que atiborrarse de píldoras; y aun así transcurrían horas antes de conquistar el sueño.
