¿Que qué quiero decir? Estás muy susceptible, César; y los ojos de Morton eran un agujero azul oscuro. Perdona, tuvo que disculparse él; es que no, no estoy preparando ninguna exposición, no, no estoy pintando, llevo años sin poder pintar, atrancado, parece que se me ha acabado la inspiración. A Morton se le pusieron los ojos casi negros y tan sólo dijo: Ya veo. Y fue como si dijera: Hace cuatro años que no ganas ni un premio, hace tres que no realizas una campaña como es debido, hace dos que no me das una sola idea original, hace uno que los anunciantes ya no me preguntan por ti, no te piden, no se acuerdan de ti, te han olvidado. Aunque quizá Morton no quisiera insinuar nada de esto y las sospechas de César no fueran sino un reflejo de su paranoia. Porque últimamente, tenía que reconocerlo, César no se encontraba bien. Andaba muy inseguro. Acongojado. Un problema de nervios.

Ahora bien, un momento. Un momento. No había que perder la calma. A fin de cuentas él no era como Matías. Infeliz Matías mediomuerto. Encorbatado cadáver laboral. Él, César, en cambio, era una figura en Golden Line. Uno de sus cuadros estaba colgado en el Museo de Arte Contemporáneo. Su nombre aparecía en el libro Veinte años de publicidad. Él, César Miranda, era una estrella. Quizá declinante, pero estrella. No había comparación posible con Matías. Ahora decían que Matías era un alcohólico, y desde luego lo era. Pero lo había sido durante años, y tampoco se podía decir que la empresa fuera precisamente un paraíso de moderación. Miguel, por ejemplo. Miguel bebía disparatadamente. Y en la reputación de Quesada también cabían unas cuantas borracheras colosales. Quizá medio apagada, pero estrella.

Meses atrás, cuando la Golden Line se mudó a este rutilante y moderno edificio, Matías trajo un día a su hija subnormal para enseñarle la Casa. La niña tenía trece o catorce años y apenas si se le notaba la tara; era gordita y saludable, y con otro padre hubiera podido ser incluso guapa.



5 из 127