– No puedo ayudar si la Hermandad se guarda el secreto de su propia especie.

– Tal vez solo deba concentrarte con un poco más de afán.

No le digas que se joda, pensó O. Jode esta prueba y tu hembra será alimento para los perros.

Mientras O intentaba controlar su temperamento, el Sr. X sonrió.

– Su control sería más admirable si no fuera la única respuesta apropiada. Ahora, sobre lo de esta noche. Los Hermanos irán al choque de aquellos asesinos a los que destruyeron. Vaya cuanto antes a la casa de H y cójalo. Asignaré a alguien al lugar de A y yo mismo cubriré a D.

El Sr. X hizo una pausa en la puerta.

– Sobre esa hembra. Si la usa como instrumento, está bien. Pero si la mantiene por cualquier otra razón, tendremos un problema. Vaya de blando y alimentaré al Omega con usted pedazo por pedazo.

O no se estremeció. Había sobrevivido a las torturas del Omega una vez y calculó que podría volver a hacerlo otra vez. Por su hembra pasaría por lo que fuera.

– Entonces, ¿qué me dice? -le exigió el Fore-lesser.

– Sí, sensei.

Mientras O esperaba a que el Sr. X partiera en su coche, su corazón iba a explotar como una granada. Quería sacar a la mujer y sentirla contra él, pero entonces nunca se iría. Para intentar tranquilizarse a si mismo, rápidamente limpio su S amp;W y se armó. Esto la verdad no lo ayudó, pero al menos sus manos habían dejado de temblar por un tiempo mientras lo hacía.

De camino hacia la puerta recogió las llaves de su camión y conectó el detector de movimiento del tercer agujero. El apoyo tecnológico era un verdadero salva-culos. Si el láser infrarrojo se estropeaba, el arma triangular del sistema se dispararía y cualquier curioso atrapado contaría con un serio caso de filtraciones.

O vaciló antes de salir. Dios, quería abrazarla. Pensar en perder a su mujer, incluso hipotéticamente, lo volvía loco. Aquella hembra vampira… era su razón para vivir ahora. No la Sociedad. Ni el asesinato.



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