– Me voy, esposa, sé buena -el esperó-. Volveré pronto y te lavaré -cuando no hubo ninguna respuesta, dijo- ¿Esposa?

O trago compulsivamente. Si bien se dijo así mismo que debía ser un hombre, no podía obligarse a salir sin oír su voz.

– No me envíes sin un adiós.

Silencio.

El dolor penetró en su corazón, haciendo que el amor que sentía subiera vertiginosamente. Suspiró, el delicioso peso de la desesperación se apodero de su pecho. Había pensado que sabía lo que era el amor antes de haberse hecho un lesser. Había pensado que Jennifer, la mujer a la que había jodido y por la que había luchado tantos años, había sido especial. Pero había sido un idiota muy ingenuo. Ahora sabía qué era realmente la pasión. Su mujer cautiva era el dolor que lo quemaba y que lo hacía parecer un hombre otra vez. Ella era el alma que substituía a la que le había entregado al Omega. Por ella vivía, aunque fuera un no muerto.

– Regresaré en cuanto pueda, esposa.


Bella se encorvó dentro del agujero cuando oyó que se cerraba la puerta. El hecho de que el lesser se fuera intranquilo por que no le había contestado la complacía. Ahora la locura era completa ¿verdad?

Era gracioso que esta locura fuese la muerte que la esperaba. Desde el momento en el que había despertado en el tubo hacía muchas semanas, había asumido que su muerte iba a ser convencional, del tipo de cuerpo destrozado. Pero no, lo suyo era la muerte en sí misma. Mientras su cuerpo subsistía en una salud relativa, su interior no viviría mucho.

La psicosis se había tomado su tiempo para atraparla, y como una enfermedad del cuerpo, había tenido sus etapas. Al principio se había sentido demasiado petrificada como para pensar en algo que no fuera la tortura que sentiría. Pero entonces los días pasaron y nada sucedió. Sí, el lesser la golpeaba y sus ojos sobre su cuerpo la repugnaban, pero no le hacía lo que les hacía a los otros de su raza. Tampoco la había violado.



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