Les cortó los tendones posteriores de las rodillas para que no pudieran correr, les rompió los brazos para que no se pudieran sostener, y los arrastró por el suelo hasta que quedaron alineados como si fueran horribles muñecas.

Le llevó cuatro minutos y medio, incluyendo despojarlos de sus identificaciones. Entonces Zsadist hizo una pausa para tomar aliento. Cuando miró hacia abajo a la grasienta sangre negra derramada que manchaba la blanca nieve, el vapor se elevaba sobre sus hombros, una apacible niebla jugaba con el frío viento.

Phury colocó la Beretta en la pistolera de su cadera y se sintió mareado, como si hubiera comido seis paquetes de bacón grasiento. Frotándose el esternón, miró a su izquierda, la Ruta 22 estaba mortalmente tranquila esta noche y estar a las afueras de Caldwell era adecuado. Los testigos humanos serían improbables. Los ciervos no hablan.

Sabía lo que vendría después. Sabía que era mejor no intentar detenerlo.

Zsadist se arrodilló sobre uno de los lessers, su cara con cicatrices se deformaba por el odio, su destrozado labio superior se torció hacia atrás, sus colmillos largos como los de un tigre. Con el pelo rapado y los huecos bajo sus pómulos, parecía el Grim Reaper [1]; y como la muerte, trabajaba cómodo con el frío. Llevaba solo un jersey de cuello alto y pantalones amplios negros, iba más armado que vestido: la negra pistolera firma de la Hermandad de la Daga Negra cruzada sobre su pecho y dos cuchillos más atados con una correa sobre sus muslos. También lucía un cinturón con dos SIG Sauers.

No es que nunca usara la nueve milímetros. Le gustaba hacerlo personalmente cuando mataba. En realidad, era el único momento en que se acercaba a alguien.

Z agarró al lesser por las solapas de su chaqueta de cuero y golpeo con fuerza el torso del asesino sobre el suelo, obteniendo un estrecho boca a boca.



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