
– ¿Qué quiere decir? -inquirió.
– Quiero decir que es un hombre amable y considerado. No es tan engreído como para imaginar que todas las chicas a las que conoce se van a enamorar de él.
Daisy soltó el discurso sin pensarlo. Maldijo para sí su temperamento impulsivo. Después de un instante de silencio, Seth echó la cabeza hacia atrás y empezó a reír. Daisy suspiró aliviada y sorprendida.
De pronto, se sintió débil. Agradeció el hecho de estar sentada en un cómodo sillón.
«Ten calma», se dijo con firmeza.
Intentó pensar que su estado no tenía nada que ver con la sonrisa de Seth, la forma en que se le marcaron los hoyuelos de las mejillas o el extraordinario cambio que había experimentado. Parecía más joven, afable y más accesible… tremendamente atractivo.
– Es una mujer valiente. Le ofrezco el empleo -señaló él finalmente, mientras una mirada pensativa reemplazaba la divertida expresión de sus ojos.
Seth se puso bruscamente de pie.
– Levántese -le ordenó a Daisy.
Daisy agradeció que volviera a su anterior estado de arrogancia. La ayudaba a recordar que no debía encontrar atractivo a ese hombre. Consiguió dominarse e, inconscientemente, elevó la barbilla en señal de desafío.
Seth suspiró.
– Por favor, levántese -repitió.
Daisy lo hizo, aliviada al comprobar que podía mantenerse en pie después de todo. Con los ojos entornados, él dio unos pasos en torno a ella, como si fuera un coche que deseaba comprar.
Daisy esperaba que, en cualquier momento. Seth le preguntara su kilometraje o le pidiera que levantase el capó. No pudo evitar ponerse tensa ante su crítica inspección.
– Después de todo, quizás tenga algunas cualidades -admitió Seth-. Esto puede funcionar si se viste adecuadamente. No coincide con el tipo de mujer que me suele gustar, pero no importa.
Se detuvo frente a ella y estudió sus delicados rasgos con el ceño fruncido.
– ¿Por qué tiene tanto interés en este trabajo? -le preguntó a Daisy con brusquedad.
