
Ella consideró la posibilidad de contarle la verdad, pero pensó que Seth Carrington no querría implicarse en sus problemas familiares.
– Necesito el dinero -le dijo.
De todas formas, era verdad. Sin lugar a dudas, ella no estaba en condiciones de pagarse un viaje al Caribe.
– Hmm… -murmuró Seth.
Dio otro enervante rodeo en torno a ella, como si fuera un gato de ágiles y deliberados movimientos con una energía oculta a punto de estallar.
– ¿Y qué me dice de su novio? ¿Qué va a pensar cuando la vea junto a mí en algunas fotografías?
– Le explicaré la situación, por supuesto. Está claro que, una vez que sepa que no nos acostamos, se mostrará comprensivo.
Daisy imaginó que Robert estaría horrorizado ante la idea pero, a pesar de que durante años había demostrado una tenaz devoción por ella, Daisy nunca le había dado razones para pensar que lo consideraba algo más que un viejo amigo.
– ¿Lo cree sinceramente? -inquirió Seth-. Yo no dejaría que mi chica saliera con otro aunque tuviera una justificación.
– Dado que su chica está casada con otro hombre, no creo que tenga derecho a criticar a Robert -le soltó Daisy.
Seth entornó los ojos con exasperación.
– Si desea que le dé el trabajo, tendrá que aprender a morderse la lengua -amenazó-. ¿Desea este trabajo, entonces?
Daisy optó por no decir nada más y asintió con un gesto.
– Si no fuera por el hecho de que no dispongo de tiempo para encontrar a alguien más apropiado, me gustaría indicarle lo que usted y su novio modelo pueden hacer -Seth continuó hablando en un tono amenazador-. Desgraciadamente, los dos nos necesitamos mutuamente. Intentaré sacarle el mejor partido posible.
Seth se sentó en el brazo del sofá.
– ¿Está segura de que sabe actuar? -le preguntó a Daisy.
¡Después de todo, la llevaría al Caribe! ¡Conseguiría ese trabajo! Ella respiró aliviada y se le iluminó el rostro.
