
– ¿Quién lo llama?
Daisy miró el nombre a quien iba dirigida la carta.
– Dee Pearce -señaló.
Se preguntaba si la secretaria se habría dado cuenta de que mentía.
– Me temo que el señor Carrington está ocupado en este momento. ¿Le importaría dejar un mensaje? -preguntó la secretaria.
Daisy dudó. No sabía qué responder. ¿Qué hubiera respondido Dee Pearce en su lugar? Finalmente, optó por dejar su número de teléfono y colgó. Se sentía deprimida.
Aquella carta que ofrecía la posibilidad de hacer un viaje al Caribe le había llegado por error. Cuando, luego, se enteró de que Dee Pearce había desaparecido sin dejar una dirección adonde enviarle la correspondencia, pensó que el destino le estaba echando una mano.
Fue en ese instante cuando le había surgido la idea de hacerse pasar por ella. Le llevó toda la noche reunir el coraje para telefonear a Seth Carrington. ¡Y efectivamente él estaba allí! Daisy no creía tener valor para volver a intentarlo.
«Es una locura, de todas formas», pensó al dejarse caer sobre una silla.
Era obvio que, fuera cual fuera la interesante propuesta de Seth Carrington, su madre no aprobaría la idea. A pesar de que Daisy estaba dispuesta a hacer lo que fuese para encontrar a Tom, había ciertos límites.
Tendría que hallar otra forma de llegar al Caribe para buscarlo. De todas maneras, no creía que Seth Carrington la llamara.
El teléfono sonó y Daisy se sobresaltó. Su corazón comenzó a latir con fuerza. Quizás era su madre. Respiró profundamente para calmarse. También podrían ser Lisa o Robert. Levantó el auricular con una mano sudorosa.
– Hola -dijo con cautela.
– Soy Seth Carrington.
La voz tenía acento americano. Era profunda y autoritaria, al igual que su escritura.
– ¿Es usted Dee Pearce?
Daisy titubeó. Estaba indecisa porque sabía que, más tarde, no podría retractarse. Podría haberle respondido que lo lamentaba y que todo había sido una equivocación. Era lo más sensato. Tenía intenciones de hacerlo, pero se arrepintió.
