– Sí -respondió en cambio.

El hombre al otro lado del teléfono captó su titubeo momentáneo.

– No parece muy segura -comentó.

El tono sarcástico la hizo reaccionar con atrevimiento.

– Sí, soy Dee Pearce -mintió con frialdad-. Lo que ocurre es que me ha tomado por sorpresa.

– Se sorprende usted con demasiada facilidad, ¿verdad? -inquirió Seth Carrington con el mismo tono odioso e irónico-. No hace más de cinco minutos que me llamó. ¿Es que ya se olvidó?

– Por supuesto que no -indicó ella-. Pensé que, por el momento, usted no estaba disponible -continuó diciendo con un tono marcadamente sarcástico-. Su secretaria me dio la impresión de que estaba demasiado ocupado para acercarse a un teléfono, por lo que no esperaba que me llamase tan pronto.

El breve silencio que se hizo indicaba que Seth Carrington no estaba acostumbrado a que le respondieran.

– María filtra las llamadas que no deseo recibir -manifestó después de unos segundos-. No sabe nada de este tema. Estoy seguro de que usted coincidirá en que es mejor que casi nadie se entere de esto.

– Absolutamente -admitió Daisy.

– Y ahora, puesto que estoy muy ocupado, quizás podamos discutir los detalles -añadió él con brusquedad-. Supongo que Ed le explicó la situación, ¿verdad?

¿Ed? ¿Quién sería Ed?

– Acabo de recibir la carta -dijo ella con cautela.

Seth profirió una maldición.

– Ed me comentó que la llamaría antes de volver a los Estados Unidos -declaró Seth, mientras Daisy suspiraba aliviada.

Si Ed conocía a Dee Pearce era mejor que estuviera al otro lado del Atlántico.

– Escuché un mensaje extraño en mi contestador automático -manifestó Daisy, sorprendida por su capacidad para inventar excusas-. Quizás no me encontró en casa y no se atrevió a dejar un mensaje muy explícito.



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