
Al llegar a la ventana miró hacia abajo. El agua del canal, encrespada por los primeros monzones de agosto, tenía un aspecto sombrío y aceitoso. Los edificios de Seattle permanecían sólo en su memoria y el Canal Puget quedaba oculto bajo una gris cortina de lluvia. Un petrolero oxidado avanzaba con pesadez por el canal oscuro en dirección al océano. Las antenas y barandas de protección se ocultaban bajo el diluvio. Sobre la gastada cubierta, marinos mercantes parecían borrosos puntos amarillos, envueltos de la cabeza a los pies en trajes de goma.
Lluvia. Tanta lluvia, y todavía faltaba todo el invierno.
Suspiró, pensando en que debería pasarlo sola y se apartó de la ventana justo en el momento en que llegaban otros dos miembros del grupo.
– Hola, Maggie -dijeron al unísono desde la puerta: Diane, de treinta y seis años, cuyo marido había muerto de un derrame cerebral mientras buscaban almejas en la isla Whidbey con sus tres hijos; y Nelda, de sesenta y dos, que había perdido al suyo cuando éste cayó de un techo que estaba reparando.
Sin Diane y Nelda, Maggie no sabía cómo habría hecho para sobrevivir ese último año.
– Hola -respondió, sonriendo.
– ¿Qué tal salió la cita? -preguntó Diane, atravesando la habitación.
Maggie hizo una mueca.
– No me hables.
– ¿Tan mal te fue?
– ¿Cómo se hace para dejar de sentirse casada cuando ya no tienes marido? -Era una pregunta que todas estaban intentando responderse.
– Te comprendo -acotó Nelda-. Finalmente fui al bingo con George, lo recuerdan, ese hombre que conocí en mi iglesia. Durante toda la noche sentí que estaba engañando a Lou. ¡Y eso que sólo jugábamos al bingo!
Mientras intercambiaban comentarios, llegó un hombre delgado y de calvicie incipiente. Tendría unos cincuenta y siete años y vestía pantalones pinzados pasados de moda y un suéter decrépito que le colgaba del cuerpo huesudo.
