
– Hola, Cliff. -Las mujeres agrandaron el círculo para incluirlo.
Cliff hizo un movimiento con la cabeza. Era el miembro más nuevo del grupo. Su mujer había muerto al pasar un semáforo en rojo la primera vez que conducía luego de una operación de la carótida que la había dejado sin visión periférica.
– ¿Qué tal pasaste la semana? -le preguntó Maggie.
– Bueno… -La palabra brotó con un suspiro. Cliff se encogió de hombros, pero no dijo nada más.
Maggie le masajeó la espalda.
– Algunas semanas son mejores que otras. Lleva tiempo. -Más de una vez le habían masajeado la espalda a ella en esa habitación. Conocía el poder curativo del contacto con otro ser humano.
– ¿Y tú? -Nelda giró la conversación hacia Maggie. -Tu hija parte para la universidad esta semana ¿no es así?
– Ajá -respondió Maggie con fingido entusiasmo-. Faltan dos días.
– Yo pasé por lo mismo con tres de mis hijos. No dejes de llamarnos si te sientes mal ¿eh? Saldremos a ver un strip tease masculino o algo por el estilo.
Maggie rió. Nelda estaba tan lejos de ir a ver un nudista como de convertirse en una ella misma.
– Ya no sabría qué hacer con un hombre desnudo. -Todos rieron. Era más fácil bromear acerca de la falta de sexo en sus vidas que hacer algo al respecto.
Entró el doctor Feldstein, con una tablilla con papeles en una mano y un jarrito de café humeante en la otra. Hablaba con Claire, que había perdido a su hija de dieciséis años en un accidente de motocicleta. Luego de un intercambio de saludos, el doctor Feldstein cerró la puerta y se dirigió a su sillón favorito. Dejó el café sobre una mesita cercana.
– Al parecer, están todos. Comencemos.
Se sentaron y la conversación cesó. Eran un grupo de personas en vías de curarse que se preocupaban unas por otras y se querían.
