
– Pero se casó, ¿no es cierto?
– Sí. La mujer es bellísima. Y por lo que sé, son muy felices.
– Bueno, ahí tienes. -Amén.
– Maggie, por Dios, no seas chiquilina. Ya somos adultos.
Maggie oyó salir de su boca palabras increíblemente asombrosas.
– ¿Pero qué podría decirle?
– Qué te parecería: "¿qué tal, Eric, cómo va todo?" -Maggie imaginó a Brookie agitar una mano en el aire como hacía siempre. -¡Qué sé yo qué puedes decirle! Te di su número con todos los demás. No me pareció que fuese a ser algo del otro mundo.
– No lo es.
– Entonces no te comportes como si lo fuera.
– Es que… -Maggie iba a seguir discutiendo, pero lo pensó mejor. -Oye, gracias, Brookie. Muchísimas gracias, te lo digo de corazón. Esta noche fuiste el mejor remedio para mí.
– No seas tarada, Pearson. No se le agradece a una amiga una cosa así. ¿Estás mejor, ahora? ¿No te arrojarás por el inodoro ni nada por el estilo?
– He mejorado en un ciento por ciento.
– ¿Seguro?
– Seguro.
– Muy bien, entonces tengo que cortar. Debo acostar a los niños. Llámame en cualquier momento ¿quieres?
– Lo haré; tú también, llámame.
– Seguro. Nos vemos, Mag.
– Hasta pronto, Brookie.
Después de cortar, Maggie se arrellanó en la silla, y se quedó sonriendo durante largo rato. Un montaje de recuerdos agradables le pasaba por la mente: las amigas de la secundaria… Fish, Tani, Lisa y Brookie. Sobre todo Brookie, no demasiado inteligente pero querida por todos por el fantástico sentido del humor que tenía y porque trataba a todos por igual, sin criticar ni chismear. Qué maravilloso era saber que no había cambiado, que seguía allí en Door Counly, un eslabón con el pasado, la que se había mantenido en contacto contodos.
