
– ¿Dave Christíanson?
– Bueno, ¿quién dijo que no se puede llamar a los muchachos? Éramos todos amigos, ¿no? Se casó con una chica de Bahía Green y tiene una fábrica de algo, creo.
Maggie anotó el número de Dave, luego el de Kenny Hedlund (casado con una chica menor que ellas llamada Cynthia Troy y residente en Bowling Green, en Kentucky), Barry Breckholdt (del estado de Nueva York, casado, con dos hijos) y Mark Mobridge (Mark, dijo Brookie, era homosexual, vivía en Minneápolís y se había casado con un hombre llamado Greg).
– ¿Estás inventando? -exclamó Maggie, azorada.
– ¡No, claro que no! Les envié una tarjeta para el casamiento. Qué diablos… vive y deja vivir. Me divertí mucho con Mark cuando viajábamos con la banda de la escuela.
– Hablabas en serio cuando dijiste que te mantuviste en con todos.
– Espera, aquí tengo otro. Eric Severson.
Maggie se irguió en la silla. La risa se le borró del rostro.
– ¿Eric?
– Sí, KL5-3500, la misma característica que el mío.
Luego de varios segundos, Maggie declaró:
– No puedo llamar a Eric Severson.
– ¿Por qué?
– Bueno… porque no. -Porque hacía mucho tiempo, cuando estaban en el último año de la secundaria, Maggie Pearson y Eric Severson habían sido amantes. Amantes primerizos, torpes e inexpertos, aterrados de que los descubrieran o de que ella quedara embazada. Habían tenido suerte en ambas cosas.
– Vive aquí en Fish Creek. Tiene un barco de alquiler en Gills Rock, como tenía su padre.
– Brookie, te dije que no podía llamar a Eric.
– ¿Por qué? ¿Porque te acostabas con él?
– ¡Brookie! -Maggie quedó boquiabierta.
Brookie rió.
– No nos contábamos todo, ¿eh? Y no olvides que yo también estaba en el barco de su padre ese día después de la fiesta de graduación. ¿Qué otra cosa podían estar haciendo ustedes dos en la cabina tanto tiempo? ¿Pero qué importancia tiene ahora? Eric sigue aquí, y tan bueno como lo fue siempre. Sé que le encantaría tener noticias tuyas.
