
"Estos psicólogos nunca van a aprender a manejar una ordenador", pensó Roberto recordando las consultas técnicas que cada tanto le hacía su amiga Adriana, la psicóloga.
Revisó cuidadosamente el destinatario: rofrago@yahoo.com R-O-F-R-A-G-O. ¡No había dudas! El mensaje estaba dirigido a su buzón.
Se quedó algunos minutos inmóvil mirando la pantalla, quería encontrar una respuesta más satisfactoria para el misterio de los e-mails, pues le parecía que la ineptitud de Laura no era suficiente explicación.
Decidió entonces que el tal Fredy debía tener una casilla con un nombre de cuenta o mail parecido al suyo. La asignación de las casillas libres se hacía automáticamente y, por lo tanto, pequeñas diferencias bastaban para que el servidor aceptara las nuevas cuentas. Fredy (como él mismo) tampoco había podido registrarse con su nombre, así que había utilizado su apellido o el nombre de su perro o vaya a saber qué. Su dirección electrónica era entonces rodrigo, rodrago o rofraga… y Laura la había anotado mal. Un tipo no estaba recibiendo un material y una psicóloga estaba escribiendo para él algo que nunca le llegaría.
Muy bien, todo aclarado. ¿Y ahora?
En algún rato libre del fin de semana resolvería el problema; alertaría a Laura de su error y ella encontraría la verdadera dirección de Fredy Rofraga (había decidido que ese era su apellido).
Roberto apagó su PC y se fue a la oficina.
Las pocas líneas de la tal Laura le rondaron la cabeza todo el día, y cuando hacia el final de la tarde lo llamó su novia, se enredó con ella como tantas otras veces en esas discusiones infinitas que solían tener.
