Se quedó en la cama sin moverse y volvió a cerrar los ojos para rescatar imágenes del sueño. Recordaba sólo algunas muy confusas: palabras y palabras aparecían en los monitores de cientos de ordenadores, se reproducían vertiginosamente y crecían dentro de las pantallas hasta llenarlas todas… después las desbordaban y caían hacia afuera invadiendo toda la realidad tangible…


Un mundo lleno de palabras -pensó-, demasiadas palabras. Tragó saliva y se levantó. En la ducha decidió que no iría a la oficina, de hecho tenía mucho para ordenar y podía hacerlo desde su casa.

Trabajó un rato en sus papeles hasta que empezó a sentir sobre los hombros el peso del aburrimiento, ese fantasma demasiado presente en su vida.

Levantó el teléfono y llamó a Cristina, con un poco de suerte la encontraría a punto de salir de su casa.

– Hola -contestó Cristina impersonalmente.

– Hola -dijo Roberto, con voz de apaciguar la historia.

– Hola -repitió Cristina en tono de fastidio.

– Tenemos que hablar -dijo Roberto.

– ¿De qué? -contestó ella, decidida a ponerse difícil ante el acercamiento de él.

– De la situación política de Tanzania -ironizó él.

– ¡Ja! -fue la seca respuesta al otro lado del teléfono.

– De verdad Cris, juntémonos esta noche, tengo mucho para decirte y quiero leerte un texto que me llegó por Internet.

– ¿Un texto de qué?

– De parejas.

– ¿Cómo que “te llegó"?

– Después te cuento… ¿a las ocho en el bar?

– No, pásame a buscar por el departamento -dijo Cristina, estableciéndose por una vez en el lugar del poder.

– Bueno -dijo Roberto -, chau.

– Chau.


"Después te cuento", había dicho. ¿Le contaría a Cristina el verdadero origen del texto de Laura? Seguramente no. ¿Por qué no? Las cartas encontradas eran correspondencia personal y su actitud podría ser vista como una clara violación de privacidad. No quería que ella supiera que él había sido capaz de fisgonear a otro. Seguramente lo reprobaría, se enojaría con él y despreciaría toda la utilidad del contenido de la carta.



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