
Pero como diría Laura -pensó Roberto-, más allá de Cristina, ¿qué me pasa a mí?
¿Tenía él derecho a violar correspondencia ajena?
«Soy yo quien lo reprueba en realidad» -se contestó.
Se levantó del sillón y encendió el ordenador. Abrió el procesador de texto y escribió:
Laura:
Estoy recibiendo en mi casilla de correo las cartas que usted envía a Fredy con los textos de lo que aparentemente es un libro sobre parejas.
Seguramente debe usted. tener un error en la dirección de destino.
Atentamente.
Roberto Francisco Gómez
Abrió el administrador de correo para enviar el mail. El programa emitió automáticamente un beep y abrió la ventana de recepción que decía:
"Hola rofrago, tiene un (1) mensaje nuevo"
Sintió un pequeño estremecimiento. Hizo un clic en la bandeja de entrada y encontró en negrita el remitente y el asunto del mensaje recibido:
carlospol@spacenet.com: Te mando
Su cuerpo -particularmente la espalda, los hombros y el brazo derecho- registró el conflicto entre su deseo y sus principios. Roberto dudó. "Es un espacio privado", se dijo, pero de inmediato recordó el slogan de tapa de la revista de computación:
"Internet: el infinito sin privacidad"
Y pensó en los hackers, esa legión de jóvenes que dedican gran parte de su vida a surfear por Internet entrando en cuanta base de datos encuentran en su camino, y para quienes el gran desafío es poder acceder a todo ordenador que esté protegida, así sea de la Biblioteca Nacional, de la farmacia de la esquina o del Pentágono. Chicos y chicas de todo el mundo dedicando horas y trabajo mental a descubrir códigos secretos, claves de acceso y sistemas de encriptamiento de información para acceder a los datos y curiosear o incluso infectar con virus esas centrales a las que han accedido.
