
Dio un gran mordisco al último pancho.
– Ni me conoce… -dijo en voz alta y con la boca llena.
¿Qué sabía ella? Como si alguien pudiera decir algo que le sirviera a todo el mundo.
Pero se había acabado. No iba a leer más esos mensajes. Tampoco iba a escribir la nota avisando que la dirección estaba mal, y si los mails nunca le llegaban al tal Fredy, mejor. Porque igual no servían para nada.
¿De que servía olvidarse de tener una relación ideal?, ¿De qué servía no enojarse con el otro?, ¿De qué servía fijarse qué le molestaba a uno?, ¿De qué servía crecer, si al final ella igualmente se iba?
Al final ella se iba y lo dejaba solo.
Roberto se levantó de la mesa y se dirigió a la cocina para lavar las pocas cosas que había usado. Mientras sentía en las manos el agua caliente no podía dejar de pensar que en otra época Cristina se hubiera quedado. Tal vez ya no lo quería, es decir, no como antes; ya no lo elegía por encima de las demás cosas. Quizás él tampoco la quería como al principio.
Cerró el grifo y se secó lentamente las manos con el paño de cocina, como si la minuciosidad del gesto fuese el correlato de su preocupación. Con paso incierto fue hasta su cuarto y se tiró en la cama.
Al cabo de unos segundos se levantó y se encerró en el baño. Unos minutos más tarde y sin resultados volvió para acostarse, pero antes de que su cabeza tocara la almohada se incorporó otra vez.
Fue a la cocina, abrió la heladera y se quedó contemplando los envases buscando algo que lo tentara… Nada lo convencía, así que cerró la puerta verificando que los burletes no quedaran separados.
Luego salió al balcón, pasaron algunos coches, entró.
Una vez en su cuarto se quedó un momento en la puerta como si vacilara, después se sentó frente a el ordenador.
Jugó al buscaminas; no lograba concentrarse, una y otra vez terminaba por hacer explotar las pequeñas bombas.
