
Cerró el juego y se quedó mirando los iconos en su pantalla: un ordenador… una hoja de papel con un lápiz encima… un mazo de cartas… un globo terráqueo… una lupa… un pequeño teléfono amarillo…, la conexión con Internet.
Miró a su alrededor como corroborando que nadie lo observaba… Estaba por hacer todo lo contrario de lo que se había prometido.
Entró en su correo electrónico. Ya sin sorpresa encontró el mail de Laura.
Tal vez nadie podía decir algo que le sirviera a todos -se dijo a sí mismo-, pero quizás sí habría algo en este mensaje, algo, aunque fuera una sola frase, que le sirviera a él para aclarar qué le pasaba con Cristina, si la amaba o no, por qué se enojaba con ella, y por qué empezaba a preguntarse cómo sería Laura, cuántos años tendría, qué relación tendría con Fredy.
Querido Fredy:
Estuve pensando muchas cosas en estas semanas, pero no sabía cómo comunicarme.
¿Cómo fue tu viaje? Tengo muchas ganas de saber de vos.
Y recordaba aquello que escribiste para el congreso de Cleveland ¿te acuerdas?
"Amar y enamorarse.
Quizás la expectativa de felicidad instantánea que solemos endilgarle al vínculo de pareja, este deseo de exultancia, se deba a un estiramiento ilusorio del instante de enamoramiento. En efecto, en un primer momento el encuentro es pasional, desbordante, incontenible irracional. Las emociones nos invaden, se apoderan de nosotros y durante un tiempo casi no podemos pensar en otra cosa que no sea la persona de quien estamos enamorados y la alegría de que esto nos esté ocurriendo.”
"Estar enamorados nos conecta con la alegría que sentimos de saber que el otro existe, nos conecta con la poco común sensación de plenitud.
Este estado no se sostiene mucho tiempo, pero queda inscrito como un recuerdo que sostiene la relación y que es posible recrear cada tanto.
