Roberto tenía con su ordenador ese vínculo odioso que compartimos los cibernautas. Como todos, él sobrevivía con más o menos dificultad -según los días- a esa relación ambivalente que se tiene con aquellos que amamos cuando nos damos cuenta de que dependemos de sus deseos, de buena voluntad o de alguno de sus caprichos.

Pero hoy la PC estaba en uno de sus buenos días; había cargado los programas de distribución con velocidad y sin ruidos extraños, y lo más agradable, ninguna advertencia rutinaria había aparecido en la pantalla:


No se puede encontrar el archivo dxc.frtyg.dll

¿desea buscarlo manualmente? ¿Sí? ¿No?

La unidad C no existe.

¿Reintentar, Anular o Cancelar?

El programa ha intentado una operación no válida y se apagará.

Cerrar


Error irreparable en el archivo Ex_oct. Put

¿Reintentar o ignorar?


Nada de eso. Hoy era, pues, un día maravilloso.

Entró en su administrador de correo electrónico y tipeó automáticamente su password. La pantalla tintineó y se abrió la ventana de recepción al programa.


«Hola, rofrago, tiene seis (6) mensajes nuevos.»


rofrago era el nombre de fantasía con el que había conseguido registrarse en el freemail de su servidor. Hubiera querido ser simplemente roberto@…, pero no, otro Roberto se había registrado antes, también un Rober… y un Bob… y un Francisco… y Frank… y Francis… Así que combinó las primeras sílabas de sus nombres y apellido (Roberto Francisco Gómez) y se registró:



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