
Tomó un sorbo de café e hizo clic en la bandeja de entrada. El primer e mail era de su amigo Emilio, de Los Ángeles.
Lo leyó muy complacido y lo guardó en la carpeta Correspondencia.
El segundo era de un cliente que finalmente encargaba un estudio de marketing para una nueva revista de cine y teatro.
Le gustó la idea y mandó la carta a la carpeta Trabajo.
Los dos siguientes eran publicidad intrusiva. No se sabe quién quería vender vaya a saber qué a cualquiera que fuera tan idiota como para querer comprarlo…, no se requería experiencia previa.
¡Cuánto le molestaban esas invasiones no autorizadas a sus espacios privados! Odiaba esos e-mails casi tanto como odiaba las llamadas impersonales a su teléfono celular:
"Ud. ha salido favorecido en un sorteo y ha ganado dos pasajes a Cochimanga, debe pasar por nuestras oficinas y completar sus datos, firmar los formularios y darnos su consentimiento para poder hacerle llegar SIN NINGÚN CARGO a su domicilio un maravilloso lote de…"
Borró esos dos mensajes rápidamente y se detuvo en el siguiente; era una carta de su amigo loschua.
Leyó con atención cada frase e imaginó cada gesto de la cara de losh cuando escribía. Hacía tanto que no se veían… Pensó que debía escribirle una larga carta. Pero ése no era el momento. Dejó el e-mail en la bandeja de entrada para que actuara como un recordatorio automático de su deseo.
El último mensaje era llamativo, llegaba de un desconocido destino:
Abrió el mensaje. Era un mail dirigido a un tal Fredy en el que alguien mandaba saludos y divagaba sobre no se entendía qué propuesta acerca del tema parejas. Firmaba Laura.
