
– Has fallado -dijo James.
– No -contestó Swinson-. Lo he derribado.
– El disparo no ha sido mortal -dije.
Vestíamos chaquetas, pantalones y sombreros de camuflaje nuevos; nos sentamos en sillas plegables alineadas en la abertura sur de una caseta de caza. Una torre de piedra, de cuatro metros por cuatro y seis de alto, provista de un tejado de cedro y estufa de propano. La torre se alzaba en medio de un campo de tréboles flanqueado a ambos lados por pendientes arboladas. La temporada de caza del ciervo acababa de empezar, pero Cascade era un coto de cuatro mil hectáreas rodeado por una valla alta que nos permitía tener nuestras propias reglas.
Bajamos las escaleras de la torre y nos dirigimos al lugar donde habíamos visto al ciervo. Un reguero de sangre teñía los tréboles. James se arrodilló y recogió una hoja. La sostuvo frente a la trémula luz del amanecer y la olisqueó.
– Disparo de pistola -dijo.
Me mordí los labios y negué con la cabeza.
– ¿Qué? -preguntó Bart.
– No es el mejor método -afirmé.
– Creía que con esto bastaba para matarlos -se defendió Bart, sopesando la 300 revestida de níquel.
– Hay que darles bien -dijo James, y le dio una palmada en la espalda-. No te preocupes, lo encontraremos.
– ¿Estás seguro? -preguntó Bart.
Procedía de Nueva York y ése era su primer ciervo.
– ¿Quieres que llame a Bucky? -pregunté.
– No -respondió James-. Está enseñándoles a esos biólogos marinos de Harvard su programa de producción. No acaban de comprender cómo lo hace.
– ¿Habláis del individuo que construyó la casa? -preguntó Bart-. ¿El hombre que conocí anoche y que se ocupa del lugar?
