– Es el mayor proyecto de estas características -dije-. Todos los bancos de Londres a Singapur acamparán a nuestras puertas.

Habíamos llegado al otro lado del campo y nos hallábamos sobre un barranco lúgubre, lleno de árboles. Levanté la mano.

– Chist.

Me agaché y agarré a Bart por el cuello de la chaqueta, empujándolo detrás del tronco de un roble. El aroma intenso a suciedad y hojas muertas llenaba el aire.

– Está aquí -susurró James-. Levanta el arma.

Bart movió la 300 y se la apoyó en el hombro. Le temblaban los brazos.

– ¿Dónde? -preguntó en un susurro, mirando por encima de la mira telescópica.

James sacó la cabeza por el borde del árbol.

– A este lado del arroyo -murmuró-. Al lado de aquel gran tocón negro.

Bart asintió y apuntó el rifle.

– Quita el seguro -dijo James, y lo hizo por él.

Bart volvió a asentir. James elevó su propia arma, apuntando hacia la presa. Le vi apretar el gatillo en el mismo instante en que Bart disparaba. El ciervo cayó como un pato en una caseta de feria. James bajó el rifle y Bart dio un salto, gritó y nos abrazó, haciendo chocar su mano abierta con las nuestras.

– ¡Maldita sea! -exclamó Bart-. Lo he logrado.

Medio caminamos, medio nos deslizamos hasta el fondo del barranco. James abrió el estómago del animal con su cuchillo de caza. Bart se puso pálido y desvió la mirada.

– Es una bonita presa -dijo James-. Hoy ha sido un gran día para ti, Bart. Tu primera pieza de caza y un gran acuerdo nuevo con King Corp.

– ¿Un acuerdo?

– Pensábamos darte la oportunidad de cerrar el trato -le dijo James-. Eres nuestro banco principal.

James rajó la garganta del ciervo y esparció las tripas en el suelo. Rebanó un trozo del hígado y se lo tendió a Bart.

– Es tu primer ciervo. Tienes que comerte el hígado.

– Dos billones de dólares a cien por encima de la tasa del Libor -dije, y apoyé la mano en el huesudo hombro del banquero.



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