– No era mi padre.

– He dicho como un padre.

Asiento, porque era cierto.

– Supongo que, puestos a pensar en ello -prosigo-, él me dio cosas que mi padre nunca me había dado. Pero también se llevó otras. Dinero. Mi mujer. Mi hijo. Cosas que ningún padre le quitaría a su hijo.

– ¿Qué quieres decir con que se las llevó? -pregunta el loquero-. Eso no es lo que pasó de verdad, ¿no crees? Él no te quitó a tu esposa.

– De acuerdo. Lo que hizo fue mover las piezas del tablero hasta conseguir que se alejaran de mí. Es lo mismo.

– ¿Y merecía morir por eso? ¿Los otros también?

– No sé si lo merecían o no -contesto-. Pero sucedió, y le habría sucedido de la misma forma a la mayoría de la gente. Mi único deseo era labrarme un futuro: tener una esposa, una familia.

– ¿De verdad lo crees, Thane? -me pregunta con la vista fija en su cuaderno -. ¿Crees que la mayoría de la gente habría hecho lo mismo que tú?

– Creía que los loqueros solían preguntar por las madres. ¿A qué viene todo este rollo del padre?

– No mataste a la figura materna -dice él con su característica voz profunda.

– Ni a mi mujer.

Él enarca una ceja.

– ¿Por qué la mencionas? ¿Acaso merecía lo que le sucedió?



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