Desvío la mirada y digo:

– En cierto sentido. Tal vez. Sueño con eso. Con ella.

– Freud dijo que los sueños son deseos -afirma-. Mira, ¿por qué no empezamos por el principio? ¿Y si me cuentas toda la historia?

– ¿Para que pueda escribir un libro? -pregunto.

– Para que pueda ayudarte.

– ¿Cree que necesito ayuda? -digo-. Soy una concha. En un par de semanas estaré fuera de aquí. Todo esto no es más que un formulismo. Saldré de aquí y ni siquiera seguiré siendo Thane Coder. Mike Jenkins; ése será mi nuevo nombre. Me han conseguido un empleo en una ferretería. Quince dólares la hora y un cuarto con dos camas a las afueras de Bozeman. ¿Ha estado alguna vez en Montana?

– Sigues siendo una persona -dice él-. Tienes que vivir con esto.

En los últimos seis años he visto a otros individuos como éste. Psiquiatras que sueñan con ayudar a quienes están más allá de cualquier ayuda, o que no tienen lo que hay que tener para conseguir un despacho forrado de libros y sillones de piel. Nunca ayudan; se limitan a remover el poso que estaría mucho mejor quieto, en el fondo. Pero hay algo en la idea de ser por fin libre que me causa vértigo y me da ganas de hablar, aunque sea de esto.

– ¿Por dónde empiezo? -pregunto con un suspiro.

– ¿Qué te parece si comienzas por la tormenta? -contesta mientras juguetea con el bolígrafo-. Háblame de ello. Por lo que consta en tu expediente, da la impresión de que supuso un punto de inflexión.



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