
– El Diccionario del Diablo-
Sobre el escritorio de Bierce había un cráneo blanco que parecía hecho de tiza, con enormes agujeros oculares y una sonriente mandíbula retraída. Su oficina se encontraba en la segunda planta del edificio del Hornet enCalifornia Street, y desde la ventana tenía vistas al tráfico de la calle. La señorita Penryn, la mecanógrafa, tecleaba en su máquina en el cubículo contiguo. En el piso de abajo se encontraban las oficinas de los reporteros y del señor Macgowan. La prensa estaba en el sótano. Bierce mantenía su escritorio ordenado, con álbumes de antiguos artículos del Tattle en las estanterías y dos caricaturas de Fats Chubb enmarcadas en la pared. Una era de la cantante de ópera Adelina Patti con la forma de una rolliza trucha de pie cantando con la boca abierta. La otra era de la Compañía de Ferrocarriles representada por un pulpo con ventosas en los tentáculos que eran los rostros en miniatura de los Cuatro Grandes.
Bierce y el señor Macgowan escucharon mi relato de lo que había visto en la morgue. Bierce se mesaba las puntas del bigote con el ceño fruncido, y el señor Macgowan inclinó su enorme barriga hacia delante en su asiento, de forma que, incluyendo el cráneo, me daba la sensación de tener tres rostros observándome sonrientes.
El hedor había sido terrible. El cuchillo dejó al descubierto las vísceras, me informó el hombre con el delantal de cuero.
– Dijeron que tenía un dos de picas metido en la boca -informé.
– ¿También era francesa? -preguntó Bierce intrigado.
– Irlandesa. Esther Mooney.
– ¿Y alguien vio al tipo? -preguntó el señor Macgowan. Era un caballero fornido de una edad similar a la de Bierce, con bigote de morsa enmarcándole la papada.
– Una de las otras chicas podría haberlo visto. Un tipo joven con patillas rubias salió de la habitación. Esto me dijo el sargento Nix.
