
Nix levantó un brazo e hizo una señal a alguien con la mano; dos dedos extendidos sobresalían de su puño. A unos treinta metros se oyó por segunda vez el grito de una mujer.
– Debemos irnos de aquí -le dije a Amelia, la cual estaba aprisionada contra mí por la masa de gente que la rodeaba-. Disculpen -dije-. Disculpen, por favor. ¡Disculpen!
Logré desviarla de la multitud.
– ¿Qué ocurre, señor Redmond? -gritó ella.
– Ha aparecido otra mujer asesinada -dije yo-. Debo llevarla a su casa inmediatamente, señorita Brittain.
Paré un coche de alquiler en la calle Sutter, y Amelia y yo subimos en silencio la pronunciada colina hasta Taylor Street, donde la acompañé una docena de escalones hasta su puerta y le di las buenas noches.
En ese momento la profecía de Bierce acerca de la implicación de la Compañía de Ferrocarriles en estos asesinatos me parecía absurda.
– Siento que nuestra excursión haya acabado tan dramáticamente -dije.
– ¡Nunca olvidaré esa escena, señor Redmond! -exclamó Amelia-. ¡La multitud de hombres, los olores! La niebla, el resplandor rojo, como si se hubiera levantado un humo rosa. ¡Y aquellos hombres con su carga amortajada! ¡Los gritos de las mujeres! La sensación de terror y excitación. ¡Y el Jefe Ciego con aquellos ojos como champiñones!
Hablaba casi sin aliento, con una mano apretada al pecho. Un mayordomo con librea abrió la puerta.
– ¡Gracias y buenas noches, señor Redmond! -y desapareció en el interior.
Me sentí conmocionado mientras descendía las escaleras, porque parecía que Amelia Brittain había visto más en aquella infernal escena que yo mismo.
Pedí al cochero que me llevara a la morgue de la City en Dunbar Alley, donde vería mi segundo cadáver, la segunda víctima del Destripador de Morton Street.
3
Cínico: Canalla cuya visión defectuosa le hace ver las cosas como son, no como deberían ser.
