
Comentó que había estado tratando unos negocios con el señor Macgowan y que después se había pasado a ver a Bierce siguiendo la sugerencia del sargento Nix.
Bierce estaba de pie en actitud decidida, con los brazos cruzados sobre el pecho, como si intentara averiguar algo observando al capitán mientras me saludaba.
– El capitán Pusey y yo estábamos comentando la enorme buena fortuna de que tuviera una fotografía de Beau McNair en sus archivos.
Pusey movió la mandíbula para mostrar su sonrisa de dentadura perfecta.
– Acabo de ver a Beau con el abogado Curtis en prisión -dije.
Pusey asintió afablemente.
– McNair ya debe de estar en la calle -dijo.
– Estaba preguntándome cómo había llegado esa fotografía a manos del capitán Pusey -dijo Bierce-. Y por qué eligió enseñársela a Edith Pruitt.
– Le mostré media docena de fotografías -dijo Pusey-. No es conveniente marear a un testigo con demasiadas, ya sabe. Sólo la buena suerte hizo que fuera una de ellas.
– Una buena suerte bastante extraordinaria -apuntó Bierce-. No puedo evitar seguir especulando. Por ejemplo, ¿encontró la fotografía de Beau en los archivos de Scotland Yard cuando estuvo en Londres? ¿O se la envió algún colega suyo del Yard cuando Beau regresó a San Francisco?
El capitán Pusey no pareció complacido al escuchar las hipótesis de Bierce.
– Conjeturas -dijo-. La mayor parte del trabajo del detective no se basa más que en puras conjeturas, señor Bierce. En ocasiones da resultados.
– Conjeturas bien fundadas -dijo Bierce, asintiendo-. Es evidente que Beau tiene un historial delictivo de algún tipo, de lo contrario no tendría usted su fotografía. Creo que podría expresarse mediante un silogismo. El capitán Pusey tiene un archivo de fotografías de delincuentes. En su colección hay una fotografía del joven McNair. Por lo tanto, el joven McNair ha debido de ser detenido en alguna ocasión en el pasado.
