– Es del Hornet -dijoBeau.

– Le aconsejo en especial que no hable con reporteros de periodicuchos basura -dijo el hombrecillo.

– Aquí es, señor Curtis -dijo el carcelero, y giró la llave en la cerradura. Beau empujó la puerta hacia él.

El hombre pequeño era Bosworth Curtis, el abogado cebo que frecuentemente representaba a la South Pacific, y el hombre alto de pelo canoso ataviado con un elegante traje de fino paño negro debía de ser el señor Buckle, el administrador de Lady Caroline, del cual Amelia me había hablado. No me ofendí al oír que calificaba al Hornet deperiodicucho basura porque, a excepción del Tattle deBierce, era una opinión generalizada con la que ya estaba familiarizado.

– Saque a este tipo de aquí -ordenó el señor Curtis al carcelero.

Éste me miró encogiéndose de hombros y le seguí. A nuestras espaldas, Beau McNair, Curtis y Buckle permanecieron en pie mirándose entre sí, como tres actores esperando que el telón se levantase para empezar su función.

Fuera, en Broadway, el sol me hizo bizquear y me apeteció tomar una cerveza antes de regresar al Hornet.

El titular que se leía en el Examiner del kiosco de prensa era: Arresto entre la élite de Nob Hill.


En la oficina de Bierce fui presentado al capitán Pusey, que se levantó de su asiento para ofrecerme el apretón de manos de rigor, pero con una pausa lo suficientemente notoria como para dejarme claro que era consciente de mi bajo estatus. Vestía uniforme de lana azul oscuro impecablemente planchada, con estrellas en las mangas de su larga casaca que indicaban su rango de capitán. La gorra estaba sobre el escritorio de Bierce, junto al cráneo. Tenía una nariz respingona y una sonrisa de dentadura postiza; debía de tener unos sesenta años, con mejillas sonrosadas, un casco griego de cabello blanco y barriga constreñida por un cinturón de cuero ciñéndole la casaca. Olía a loción capilar y polvos de talco, como si acabara de salir de una barbería.



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