
– ¿Sí? -dijo por el intercomunicador, imprimiendo en su voz la hosquedad necesaria para ahuyentar tanto a la juventud ociosa como al celo proselitista de cualquier edad.
– ¿Guido Brunetti? -preguntó una voz de hombre.
– Sí. ¿Qué desea?
– Soy del Ufficio Catasto. Es sobre su apartamento. -Como Brunetti no decía nada, el hombre preguntó-: ¿Ha recibido nuestra carta?
Brunetti recordó haber visto, hacía cosa de un mes, una especie de documento oficial redactado en el embrollado lenguaje de la burocracia, acerca de las escrituras del apartamento o de los permisos de obras anejos a las escrituras, ya no recordaba. Se había limitado a leer por encima la sarta de irritantes frases estereotipadas, volver a meter la hoja en el sobre y dejarlo caer en la gran fuente de mayólica que estaba en la mesa del recibidor, a la derecha de la puerta.
– ¿Ha recibido la carta? -repitió el hombre.
– Ah, sí -dijo Brunetti.
– Pues vengo a hablar de ella.
– ¿De qué? -preguntó Brunetti doblando el cuello para sujetar el telefonillo con el hombro izquierdo, mientras se inclinaba hacia los papeles y sobres amontonados en la bandeja.
– Su apartamento -respondió el hombre-. Lo que le decíamos en la carta.
– Sí, sí, claro -dijo Brunetti, revolviendo sobres y papeles.
– Desearía hablar con usted, si me permite.
Desprevenido, Brunetti accedió.
– De acuerdo -dijo pulsando el botón que abría el portone situado cuatro pisos más abajo-. Último piso.
– Ya lo sé -respondió el hombre.
Brunetti colgó el auricular y sacó varios sobres de debajo del montón. Había una factura de ENEL, una postal de las Maldivas que no había visto hasta ese momento y que se puso a leer, y estaba también el sobre, con el nombre de la oficina que lo enviaba en el ángulo superior izquierdo. Sacó la hoja de papel, la desdobló, la sostuvo extendiendo el brazo para enfocar las letras y leyó rápidamente el texto.
