
Brunetti la estrechó brevemente y retrocedió para dejarle el paso libre.
Cortésmente, Rossi pidió permiso y entró en el apartamento. Una vez dentro, se paró, esperando a que Brunetti le indicara el camino.
– Por aquí -dijo Brunetti llevándolo hacia la habitación en la que había estado leyendo. Se acercó al sofá, tomó el libro, puso el viejo billete del vaporetto a modo de punto de lectura y lo dejó en la mesa. Con un ademán, invitó a Rossi a sentarse y se instaló frente a él, en el sofá.
Rossi se había sentado en el borde del sillón, con la espalda erguida y la cartera, vertical, sobre las rodillas.
– Ya sé que es sábado, signor Brunetti, por lo que procuraré no robarle mucho tiempo. -Miró a Brunetti y sonrió-. Recibió nuestra carta, ¿verdad? Confío en que haya tenido tiempo de examinarla, signore -agregó con otra sonrisa pequeña; inclinó la cabeza y abrió la cartera. Extrajo una gruesa carpeta azul y golpeteó con los dedos un papel que quería escapar por el borde inferior, hasta volver a tenerlo seguro en su sitio.
– En realidad -empezó a decir Brunetti sacando la carta del bolsillo en el que la había metido antes de abrir la puerta-, ahora mismo estaba releyéndola, y debo decir que el lenguaje me resulta un tanto impenetrable.
Rossi levantó la cabeza, y Brunetti vio en su cara la sombra fugaz de la sorpresa.
– ¿En serio? Creí que estaba bien claro.
Con una sonrisa pronta, Brunetti dijo:
– Sin duda lo estará para quienes, como ustedes, tratan estos asuntos a diario. Pero para los que no estamos familiarizados con el lenguaje o la terminología de su oficina, resulta un tanto difícil de entender. -Como Rossi no decía nada, Brunetti agregó-: Desde luego, todos conocemos el léxico de nuestra propia burocracia, pero no el de la ajena. -Volvió a sonreír.
– ¿Con qué burocracia está familiarizado, signor Brunetti? -preguntó Rossi.
