
Brunetti, que no solía pregonar su condición de policía, respondió tan sólo:
– Estudié Derecho.
– Comprendo -respondió Rossi-. No me parece que nuestra terminología difiera mucho de la suya.
– Quizá se deba a mi falta de familiaridad con los reglamentos mencionados en su carta -dijo Brunetti suavemente.
Rossi meditó un momento antes de responder:
– Sí, es posible. ¿Qué es, concretamente, lo que usted no entiende?
– El significado -respondió sencillamente Brunetti, abandonando ya toda simulación.
Rossi tuvo otra vez aquel gesto de perplejidad, tan sincero que le daba un aire casi infantil.
– ¿Cómo dice?
– Lo que significa. Lo he leído, sí, pero como ignoro la naturaleza de las disposiciones a las que hace referencia, no sé a qué se refiere.
– Se refiere a su apartamento, naturalmente -respondió Rossi con rapidez.
– Sí, eso lo entiendo -dijo Brunetti, que tuvo que hacer un esfuerzo para que no se notara la impaciencia en su voz-. Puesto que la carta viene de su oficina, eso he deducido. Lo que no entiendo es qué interés puede tener su oficina en mi apartamento. -Y tampoco entendía por qué a un funcionario de aquella oficina se le había ocurrido ir a verlo en sábado.
Rossi miró la carpeta que tenía en las rodillas y levantó la mirada hacia Brunetti, que observó, sorprendido, que tenía las pestañas oscuras y largas, casi como las de una mujer.
– Ya veo, ya veo -dijo Rossi, asintiendo y volvió a mirar la carpeta. La abrió y sacó otra más pequeña, leyó la etiqueta y la dio a Brunetti diciendo-: Quizá esto se lo aclare. -Antes de cerrar la carpeta que conservaba en las rodillas, arregló cuidadosamente los papeles de su interior.
Brunetti abrió la carpeta y sacó los papeles que contenía. Al ver el tamaño de las letras, se inclinó hacia la izquierda, buscando las gafas. En la parte superior de la primera hoja figuraba la dirección del edificio. Al levantarla, encontró los planos de los apartamentos situados debajo del suyo.
