No le llegaba a través de la ventana. Era el olor del intruso, y además del olor a hierba mojada podía percibir el olor a sudor de caballo, a excrementos de pájaros, y a camomila. El intruso -Sam era incapaz de decidir si era hombre o mujer- de repente ladeó la cabeza y sonrió. Bajo los débiles rayos de la luna una hilera de dientes brilló como una bocanada de luz azul. Los dientes eran perfectos, pero, a menos que se equivocara, estaban afilados en punta. El intruso, totalmente enderezado, no medía más de un metro veinte, o en cualquier caso, unos centímetros más que Sam. Era difícil ver lo que llevaba aquella criatura en la oscuridad, pero pudo identificar unas mallas de color mostaza y verde, y unas botas pesadas de estilo industrial.

– Sí, puedo verte.

– Eso es malo. Muy malo.

Sam asintió en silencio. No sabía por qué era malo, pero intuía que era mejor darle la razón.

El intruso miraba fijamente a Sam, como si estuviese indeciso sobre lo que hacer a continuación.

– Y puedes oírme. Es obvio, es obvio, es obvio. Malo.

Los afilados dientes brillaron de nuevo bajo la luz de la luna con un color azul eléctrico. Se produjo un leve crujido cuando la figura colocó un dedo en el poste de la cama. Sam sintió que el crujido le llegaba hasta la nuca y le movía el cabello. El intruso descargaba electricidad estática.

Sam tuvo de repente una idea acerca de quién era aquella figura. -Has venido a por el diente, ¿verdad?

Estaba estupefacto por la aparición del duende. Si alguna vez había pensado en un duende antes de aquella noche, se lo había imaginado como un ser frágil de un palmo de altura, con alas y un sombrero hecho con la capucha de una bellota. No desde luego un matón con unas botas enormes.

– Quieres el diente, ¿verdad?

– ¡Chsss! ¡No despiertes a toda la casa! ¿Cómo puede ser que me veas? ¿Cómo me has encontrado? No respondas. Espera.



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