
El duende alzó una mano perfectamente arreglada, con cinco dedos de marfil extendidos y un anillo plateado en cada uno de ellos.
– ¿Cuántos dedos ves?
– Cinco.
– Esto está mal. Muy mal.
El duende se colocó dos dedos sobre el puente de la nariz. Parecía estar pensando.
– Esta es la peor de todas las situaciones posibles. La peor. -¿No quieres el diente?
– ¿Eh?
– El diente. ¿No lo quieres? -Sam extendió la palma de la mano donde estaba el diminuto incisivo.
El duende se levantó y contempló durante un buen rato el diente que le era ofrecido hasta que por fin lo aceptó. Sam sintió una leve descarga eléctrica con el roce. El duende retrocedió hasta la ventana y alzó el diente bajo la mortecina luz de la luna.
– ¿Te das cuenta del problema en el que estamos metidos? ¿Los dos? ¡Me has visto! ¿Sabes lo que eso significa?
El duende giró el diente bajo la débil luz.
– ¡No grites! Vas a despertar a papá y a mamá.
– ¡Que se jodan!
El veneno que condensaba aquella expresión dejó a Sam estupefacto.
– ¡Se lo diré!
El duende se acercó hasta la cama, extendió una mano hacia el rostro de Sam y tapó la boca del muchacho con aquellos dedos que eran tan elegantes y esbeltos como fuertes. De nuevo sintió un pinchazo eléctrico. La mano retorció la fofa carne de los carrillos de manera violenta mientras las uñas se le clavaban en el rostro.
– Y ¿qué les vas a decir?, ¿que has visto a un duende? Van a pensar que estás como una puta cabra. ¿Sabes lo que les hacen a los locos?
En la habitación de al lado se produjo un sonido sordo y se oyeron unos muelles de cama.
La mano se apartó.
– ¡Joder! -dijo el duende mientras se subía a la cama y colocaba una gran bota negra en el alféizar-. Me largo.
– ¡Espera! ¡No me has dado nada! ¡Por el diente!
El duende lo miró sorprendido.
