
El duende tenía el hábito de sofocarse con su propio humor cínico, de modo que algunas palabras se escurrían con una leve tos.
– ¿Quieres saber lo que has hecho? Me has visto, eso es lo que has hecho. Aún me ves. Eso es suficiente, mocosete. Ya has hecho bastante.
– No puedo evitarlo.
– Joder.
Al decir «joder», los dientes de la criatura quedaron al descubierto. Como antes, pudo ver una hilera de dientes perfectos acabados en punta. El esmalte brilló con una mortecina luminosidad azul. El duende lanzó un pequeño escupitajo sobre la moqueta.
– ¿Eres un chico o una chica?
El duende lo miró fijamente durante largo tiempo.
– ¿Quieres que te haga daño?
– Solo quería saberlo.
– Si me preguntas eso otra vez te arrancaré la cara de un mordisco. Lo digo en serio.
El duende estaba sentado entre él y la puerta. Sam sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Quiso llamar a su madre, pero tenía demasiado miedo de la bestia que había en la habitación.
– Tranquilo. Simplemente fingía el cabreo. Joder. Lo siento. Cálmate. Tengo que pensar en cómo podemos salir los dos de esta. Iba en serio cuando te dije que estamos en un apuro. Ocurrirán cosas malas si no tenemos cuidado. Cosas malas.
El duende se puso en pie. Estaba nervioso, se movía de acá para allá mientras tocaba las cosas de Sam. Deslizó un largo y elegante dedo lleno de anillos por el balón de fútbol. Le dobló la oreja a su conejo de peluche.
Al tropezar con el castillo de plástico de las cruzadas que había en el suelo, el duende lo pateó con saña, lanzándolo por el suelo mientras los soldados de juguete salían despedidos de sus puestos.
– Encontré los seis peniques -dijo Sam sin convicción-. Bajo la almohada, la mañana después de tu visita.
El duende dejó escapar un débil aullido de rabia y exasperación, mientras clavaba las uñas de una mano en la palma de la otra. Sam se horrorizó al ver que el duende había hecho que brotara sangre.
